quien?
El mayor error fue creer que no me descubrirían, o quizá fue el segundo, el mayor sin duda; el intentarlo.
Y aquí cabe un consejo, uno de esos que nunca suelo dar, no te metas nunca con un artista, algunos son muy listos, otros tan nobles que desconciertan, y otros como yo; simplemente desgraciados. De cualquier forma, mejor, no arriesgarse.
Jamás he tenido a una mujer, por que no hay mujer a la que no haya yo defraudado. Las mujeres para mi, han sido mis amigas, mi compañía, mis confidentes, algunas hasta cómplices, hemos causado daño deliberadamente a sus novios, sus parientes, otros tantos; también a otras mujeres.
Jamás he tenido una mujer. Vamos a uno de esos bares oscuros, de esos que parecen todos iguales, llenos de humo y ruido, de mesas baratas y bebidas dudosas, llenas de las mismas canciones, la misma gente exactamente igual a la del bar que acabamos de abandonar. El bar oscuro, a veces restaurant oscuro, luego al departamento, el mío o el suyo. Y aun así, jamás me he quedado toda la noche, solo lo necesario. Todas han sido así, prestadas. Y yo les digo –conmigo no tienes futuro- me visto; enciendo un cigarrillo. No se los digo a todas, algunas lo adivinan, otras se dan cuenta muy tarde.
Pero no siempre fui así, lo recuerdo. Pero de hombres como yo, mujeres, mejor olvídense.
Me gano la vida como puedo. A veces soy oficinista, otras hago imposibles, últimamente redacto para un Diario, otras para una revista; reseña de libros, un articulo. Algunos estudiantes perezosos me piden un ensayo de 9 ó 10.
Pero no es mi manera de ganarme la vida la que me hace despreciable. Aunque yo me quiera convencer que si.
Siempre se los digo, se los advierto; no soy un buen tipo, nunca me creen.
Hay cosas a las que tienes que aprender a decir no, soltarlas, en este mundo nada es realmente nuestro. Ni siquiera cuando hay entrega.
Después de todo, algo tenía que cambiar. Mi historia, la historia de todos estos años se ha estado repitiendo con infatigable necedad, y yo, con infatigable necedad he repetido los mismos errores. No los veía, o no los quería ver. Una imperturbable necedad me oprimía. Hoy cuesta reconocerlo. Duele reconocerlo. Me aturde la vergüenza.
Desde aquella vez, todo salió mal, Hay que aceptarlo, poco sirvo para esto, para aquello. La sinceridad no debiese ser una virtud, sino la más juiciosa y equilibrada práctica mortal, al menos con uno mismo.
No se puede escribir sobre papel rayado, y para obtener algo, tienes que renunciara a casi todo. Las cosas son como son, y las pequeñas rebeliones exigen demasiadas fuerzas en tensión. Pero contra la vida, no se puede conspirar.
Llevara su debido tiempo saldar cuentas, ponerse a mano, ya he usurpado demasiado y mis acciones y diálogos ambiguos, la angustia del mundo del recuerdo pasan la factura.
Y mientras me pongo a mano, así se queda por ahora la historia, como un gesto opaco, una sala de espera repleta de enfermos.




