07.- Las mil y una noches.
O también llamada Las mil noches y una noche.
Según Hermann Hesse era libro de imágenes más rico en el mundo.
Tenemos dos versiones: la supuestamente infantil y la no necesariamente “pornográfica”, pero si folklórica.
Este es un libro clave para entender el mundo árabe y musulman (especialmente Sinuita)
Creo que no existe libro mas conocido y desconocido, leído e ignorado al mismo tiempo, ya que lo hemos leído aunque no lo hayamos abierto jamás: está en el folklore de todos los países, en todas las literaturas y, abrumadoramente, en el cine y la tv.
En este libro todo lo concreto es irreal; sólo lo sobrenatural, lo maravilloso o lo mágico cobran visos de verosimilitud en esta tierra.
Aparecido allá por el 1704, gracias a Antoine Galland, en una versión francesa, se propagó abiertamente por la cultura occidental la influencia de este libro, aunque de una manera silenciosa había existido al menos desde el siglo IX y dejado huellas en las literaturas europeas, especialmente en la española, tan ligada por ese entonces a la árabe.
Como mejora y culminación de la imaginería y de la civilización medieval islámica –desde el Mediterráneo a Arabia y Persia, Turquía, Grecia; de la China a la India, Egipto, el Sahara y Etiopía-, ese libro incluye tradiciones orientales “populares” recientes de estas regiones e incluso otras, antiquísimas, preislámicas; así como otras judías y cristianas.
En infinidad de poemas, leyendas y cuentos europeos; medievales y renacentistas (se me ocurre: Dante, Boccaccio), se percibe esta influencia, que a partir del siglo XVIII retoma fuerza y presencia en la cultura ilustrada de los Montesquieu (Cartas persas), Voltaire (La princesa de Babilonia, Historia del buen Brahmín), Swift (Los viajes de Gulliver) aunque ya se habían anticipado Molière y Racine desde mediados del siglo XVII, por no hablar de los españoles del Siglo de Oro: Lope de Vega y Cervantes: Cide Hamete Benengeli, a quien este ultimo imagina como autor de su Quijote, que es esencia es un narrador milyunanochesco.
El exotismo milyunanochesco está presente en todo el romanticismo en infinidad de textos y obras musicales y plásticas (Mozart, Delacroix, Rimsky-Korsakoff). En Las mil y una noches están todos los cuentos que se quiera: lo mismo La vida es sueño que Turandot, La cenicienta, Clavileño, de Don Quijote; las fábulas y “ejemplos” del Conde Lucanor y de La Fontaine.
La obra de Joyce, Miller, Genet con toda su “revolución” literaria sexualista del siglo XX palidece y parece desabrida, en comparación con el libérrimo regocijo literario en la sexualidad medieval de Las mil y una noches* (**)
Las mil y una noches siempre es -además de regocijante y maravilloso- un libro terrible, libertino, muy cruel, como producto de aquella civilización medieval y tiránica. Aunque me parece más “perverso” cuando sólo sugiere intencionada y torvamentes promiscuidades o tortuosidades eróticas y sádicas, como en las contrahechuras occidentales, que cuando las enuncia con una franqueza folklórica. Como cúmulo de miles de cuentos -cada cuento o episodio de cada noche contiene, como cajas chinas, con muchos otros cuentos- da lugar a todo tipo de invenciones. Ya sabemos que preferiremos, como tantas otras generaciones, a Aladino, a Alibabá, a Simbad, a la alfombra mágica, etcétera... Pero la imaginación folklórica, popular, marginada por las versiones occidentales oficiales, nos habla de algo más franco o maravilloso: los cuentos en que se entretienen los chicos vagos, en los mercados, en las mezquitas o en las caravanas. La mayor parte del libro son esos ensueños ingenuos, la vasta imaginación del pobre y del ocioso: si Alá, que lo puede todo, me enviase un genio que me concediera tres o docenas de deseos, ¿qué le pediría? Palacios, mujeres, viajes, joyas, aventuras, los otros mundos sobrenaturales, los secretos de la magia... Es el sustrato de toda imaginación folklórica.
De las versiones
Yo pondría a Gilgamesh por testigo, sí, sobre hay retorcimiento moral letrado o mera travesura picaresca en los coitos de Las mil noches y una noche de Mardrus.
En la noche 835 (versión Mardrus/Blasco Ibáñez) aparecen no unas modestas “tres o cuatro historias”que contar, sino unas “mil y una” sin sacar, por no hablar ya de los fragmentos cortados:
“Y al punto ella vino a mí, y se echó sobre mí, y se restregó conmigo con un ardor asombroso. Y yo, ¡oh mi señor!, sentí que mi alma se albergaba por entero donde tú sabes, y di cima a la obra para que había sido requerido y a la tarea que se me pedía, y vencí lo que hasta entonces pertenecía al dominio de lo invencible, y abatí lo que había que abatir, y arrebaté lo que estaba por arrebatar, y tomé lo que pude, y di lo que era necesario, y me levanté, y me eché, y cargué, y descargué, y clavé, y forcé, y llené, y barrené, y reforcé, y excité, y apreté, y derribé, y avancé, y recomencé, y de tal manera, ¡oh mi señor sultán!, que aquella noche quien tú sabes fue el valiente a quien llaman el cordero, el herrero, el aplastante, el calamitoso, el largo, el férreo, el llorón, el abridor, el agujereador, el frotador, el irresistible báculo del derviche, la herramienta prodigiosa, el explorador, el tuerto acometedor, el alfanje del guerrero, el nadador infatigable, el ruiseñor canoro, el padre de cuello gordo, el padre de nervios gordos, el padre de huevos gordos, el padre del turbante, el padre de cabeza calva, el padre de los estremecimientos, el padre de las delicias, el padre de los terrores, el gallo sin cresta ni voz, el hijo de su padre, la herencia del pobre, el músculo caprichoso y el grueso nervio dulce. Y creo, ¡oh mi señor sultán!, que aquella noche cada remoquete fue acompañado de su explicación, cada cualidad de su prueba y cada atributo de su demostración. Y nos interrumpimos en nuestros trabajos sólo porque ya había transcurrido la noche y teníamos que levantarnos para la oración de la mañana”.
Y en la noche 849:
“Y durante tres días obraron de tal suerte, sin tregua ni descanso, haciendo girar la rueda por el agua, y rechinar sin interrupción el huso del jovenzuelo, y dar de mamar de su madre al cordero, y entrar el dedo en el anillo, y reposar el niño en su cuna, y abrazarse los dos gemelos, y meter el tornillo en la rosca, y alargar el cuello del camello, y picotear el gorrión a la gorriona, y piar en su nido caliente el hermoso pájaro, y atascarse de grano el pichón, y ramonear el gazapo, y rumiar el ternero, y triscar el cabrito, y pegarse piel con piel, hasta que el padre de los asaltos, que nunca quedaba mal, cesó por sí mismo de tocar la zampoña”.
La jocosidad, la tolerancia y la alegría de esos cuentos deben ser recordadas en estos tiempos de etiquetamiento maniqueo de la cultura islámica por parte de la arrogante modernidad occidental, sin olvidar dejar de lado que, al igual que sus equivalentes occidentales, los personajes de Las mil noches y una noche tienen los prejuicios y las crueldades medievales de su civilización: empalamientos, decapitaciones, descuartizamientos, torturas, masacres.
Tenemos así dos versiones -o mejor dicho, dos corrientes de versiones, pues nuevos editores remiendan las de Volland y Burton con préstamos incidentales de Mardrus-: la meramente fantástica y exótica, incluso dizque apta para niños; y la no necesariamente pornográfica ni licenciosa sino meramente folklórica, con muchas páginas adicionales de conversación e imaginería humorísticas, picarescas y obscenonas. ¿Por qué elegir? Podemos quedarnos con las dos, con muchas.
No conozco traducciones notables en español (directas del árabe) de ninguna versión de Las mil y una noches, sino viejas traducciones recicladas de las versiones francesas e inglesas, entre las que la de Mardrus/Blasco Ibáñez destaca con mucho, tanto por su respeto al original como por su buen castellano. En cambio, una edición reciente, ilustrada, popular, en ofertón de Gandhi (Edimat Libros, Madrid), omite deliberadamente nombrar al traductor y de dónde se traduce, pero el prologuista señala que la falsifica adrede con fines edificantes: “En fin, los ideales, los sueños de la humanidad toda, a través de los siglos, se hacen realidades. Y como los buenos cuentos son aquellos que enseñan algo bueno, en éstos se acaba siempre descubriendo las malas artes y con el triunfo de la virtud. Estos valores eternos, estas cualidades que sobreviven a las circunstancias históricas o a las tendencias literarias del momento, son las que pretendemos conservar y resaltar en esta edición, suprimiendo las escabrosidades y dando mayor amenidad y animación a cada relato”. Esta edición, aunque gorda, es un setenta y cinco por ciento más breve que Las mil noches y una noche: suprimió demasiado. ¡Y se atrevió a dar por sus pistolas “mayor amenidad y animación a cada relato”! ¡Que Shakespeare no caiga en sus manos!
Otro beneficio de la versión folklórica, por encima de las contrahechuras puerilizadas o políticamente correctas de este libro, es la de revelarnos la manera medieval de pensar y de sentir, que no se diferencia mucho entre el islamismo y cristianismo. La gran religiosidad, la inmediata presencia de lo sagrado, la observancia de valores generosos como la hospitalidad o la limosna, la espiritualización del erotismo, la extrema conciencia de los lazos familiares y vecinales se ve acompañada -como en las leyendas y los romances europeos- de una extrema crueldad cotidiana. Todo convive. Hay hijos que maltratan a sus madres, hermanos que medio matan o matan sus hermanos, hermanas envidiosas que raptan al hijo recién nacido de la hermana más afortunada para sustituirlo por un animal muerto, de modo que el marido la repudie por haber engendrado un monstruo. Los autores medievales no piensan en la congruencia moral que dirige a los modernos, de modo que dibujan al mismo tiempo personajes idílicos y monstruosos, luciferinos y angelicales, truculentos e idealizados. No se busca personajes morales de una sola pieza. Son todo a la vez y lo macabro cohabita con las ilusiones beatíficas, como en las leyendas, romances y vidas de los santos europeos.
Finalmente, corre por todo el voluminoso conjunto de cuentos una enorme serenidad, también medieval y especialmente islámica: la creencia de que todo está escrito, de que el hombre no puede cambiar los destinos establecidos por Dios, y que entonces resulta absurdo aterrarse, sufrir o gozar demasiado. Todo cambia a cada momento sin responsabilidad humana. Hay un curioso cuento de un pobre hombre que, con ayuda de sus amigos, se empeña en mejorar su destino y sólo lo empeora en la misma medida en que se esfuerza, hasta que caprichosamente le llega la fortuna, sin esperarla ni trabajarla, una fortuna que no ha de durar, y que debe gozarla sólo momentáneamente, agradeciéndola a Alá.
El mundo y los hombres “reales”, positivos, casi no existen en Las mil noches y una noche, y la realidad no se diferencia tanto de las ilusiones, los embrujos y la magia. Un sueño al mismo tiempo deleitoso y macabro, con veloces cambios de fortuna, de figura, que todos están soñando. Buenos creyentes, agradecen a Alá el minuto presente, sea como fuere. Que dicha sea la verdad, no se diferenciaba demasiado de la manera cristiana de vivir la Edad Media.
Al menos seis siglos de una civilización se asientan en ese libro que pretendemos tomar por mera fantasía y esparcimiento. En realidad, esos cuentos cifran mitos y códigos secretos que siguen encontrando resonancias actuales. De ahí su constante fascinación, más allá de las descripciones lujosas y sensuales, y de la utilería de tantos efectos especiales de un universo mágico. Es un libro que se deja soñar, más que leer, y suscita todas las aprensiones de los sueños. En otras épocas más optimistas diversos estudiosos aplicarían a su estudio las categorías de Frazer, Freud, Jung, Campbell, Propp, Lévy-Bruhl, Lévy-Strauss. Los mitos, los arcanos, los arquetipos, el subconsciente colectivo, la mentalidad mágica, el pensamiento salvaje. En nuestra “posmodernidad” desengañada rescatamos la fascinación, el enigma y el espanto, que no son poca cosa. Y sobre todo la literatura. Miles y miles -no sólo mil y uno- de cuentos bien urdidos y bien contados.
* Se les ha dado por calificar de “machistas “a estos relatos, y ciertamente, predomina el varón, sobre todo el rico y poderoso, pero las mujeres –con sus velos y todo- tienen más presencia, poder, voz, espacio, inteligencia, energía y vida que en toda la literatura medieval europea junta. Y es, al menos retóricamente, un libro narrado por una mujer.
** Parece que el tejido general -el sultán desengañado de las mujeres que se decide a decapitar a Sherezada, como a sus otras esposas y concubinas, al día siguiente de su noche de bodas, para no darle oportunidad de infidelidades, -en el fondo mala idea- destino que ella sabiamente evita narrándole cada noche una serie de cuentos que lo fascinan e intrigan, hasta que en la noche 1001 (cifra que significa todas las noches, o el infinito) ya es demasiado tarde: entretanto el sultán se ha enamorado y ha procreado con ella tres hijos- se impuso desde los siglos VIII o IX. Se sabe que en diversas regiones del mundo islámico se fueron componiendo innumerables códices paralelos, con variantes significativas, aunque casi siempre conservaban las mismas cincuenta o cien historias culminantes, indispensables. De esos innumerables códices parece que sobrevive una docena arriesgada.
Disculparan ustedes, lo fragmentado y algo desordenado de los comentarios del libro, por ahora solo pude publicar unas cuantas notas que recientemente escribí. Una disculpa en verdad, prometo arreglarlo en cuanto me sea posible.
Formato: Pdf
Compreso en Rar
Peso: 8.5 MBb
Contraseña: shiranui.jp
Datos del libro que poseo: Este libro en realidad no lo poseo. Tuve acceso a una versión que salió publicada en tres tomos verdes de Empresas Editoriales por allá de 1945, -impresos, sea dicho- pese a su “pornografía”, en los Talleres Gráficos de la Nación.
Estado de ánimo: pensativo
Escuchando: la música del Blog.




