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4. DOS IMPOSICIONES: CATOLICISMO Y LENGUA CASTELLANA

4. DOS IMPOSICIONES: CATOLICISMO Y LENGUA CASTELLANA

 

Mucho se ha insistido en lo obvio: en todo el continente latinoamericano encontramos la religión católica y la lengua castellana como elementos abrumadoramente presentes, al grado de constituir la base de una cohesión interna para todos los pueblos al sur del río Bravo. Sin embargo, lo obvio se convierte frecuentemente en obstáculo deslumbrador dificultando el camino de la reflexión y el conocimiento. Me estoy refiriendo a que los tales indudables elementos de cohesión interna, catolicismo y lengua castellana, son impuestos, e incluso impuestos a través de violencia sistemática, es decir, son traumáticos. Nos une, pues, no una exaltación, sino un dolor; no un triunfo, sino una derrota; no un motivo de orgullo, sino de humillación; no un sentimiento de superioridad, sino de inferioridad. Nada se gana si, en lugar de afrontar el trauma, se niega, se olvida, se minimiza o se introyecta de tal forma que acabemos identificándonos con el agresor, bendiciéndolo como hijo arrodillado que besa la mano del padre que todavía trae el látigo en ella.

 

La identidad de los países latinoamericanos, tal como la conocemos hoy en día, resulta del grado y la forma en que el imperio español (lengua castellana) y el imperio vaticano (religión católica) incidieron en el conjunto de culturas indígenas que poblaban nuestro continente. El imperio español se sirvió de la lengua, de la espada, del caballo y de la pólvora. El imperio vaticano, de la cruz, de amenazas de condena eterna, de la infiltración de las conciencias. Desde luego, estos dos imperios afectaron en grado y forma distintas, digamos, a México y a Chile, o al Perú y al Uruguay.

 

La Conquista aplanó —sin lograrlo por completo— las diferencias de los pueblos indígenas. Como ejemplo de esta intención veamos lo que dice el autor del prólogo de la Gramática de la lengua castellana, de Lebrija, escrita en honor de la Católica Majestad (citada por Subirats, 1991): "El tercer provecho deste mi trabajo puede ser que vuestra Alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento [derrota] aquellos [los indígenas] tenían necesidad de recebir las leies quel vencedor pone al vencido". España y Portugal homogeneizaron el continente. Desgraciadamente, el factor homogeneizador que predominó fue de orden traumático.

 

W. Howitt, citado por Marx, dice: "Los actos de barbarie y de desalmada crueldad cometidos por las razas que se llaman cristianas contra todas las religiones y todos los pueblos del orbe que pudieron subyugar no encuentran precedente en ninguna época de la historia universal, ni en ninguna raza, por salvaje e inculta, por despiadada y cínica que ella sea". Esta barbarie señalada por Marx (Marx, 1867) constituye precisamente el trauma que nos distingue, más allá de la religión y lengua que nos son también comunes en el continente latinoamericano. La religión, además de haber entrado con sangre, es reabsorbida en un segundo impulso que brota del infortunio del trauma. Roa Bastos (1960) —ciertamente sin aplicarlo a lo que yo ahora lo aplico— expresó esta idea con las siguientes palabras: "Puesto que estaban unidos por el infortunio, la esperanza de la redención también debía unirlos hombro con hombro". Primero vino el infortunio y luego "el suspiro del hombre" (Marx), es decir, la religión como intento de calmar el sufrimiento. Desde el punto de vista antropológico, el factor central del sufrimiento, el elemento común a todo sufrimiento, estriba en tener que aceptar[los], tener que admitir[los] contra la propia decisión, contra la propia elección y en contra de los propios intereses y necesidades (Rompeltien, 1990).

 

Apenas es imaginable mayor sufrimiento que el padecido por los habitantes de este continente, milenariamente aplastado. Precisamente las características señaladas en las cursivas anteriores representan el elemento más traumático, es decir, si el sufrimiento es gestado desde la íntima decisión del otro que irrumpe en mi vida, el sufrimiento será necesariamente más traumático; se le añade un elemento de radical humillación. ¡Cómo se fascinan y se extrañan los europeos en ver tales abismos de sufrimiento acumulado y soportado en los bellos ojos indígenas del continente americano! ¿Olvidan acaso cómo se produjeron y a manos de quiénes?

 

La justificación religiosa de la Conquista

 

El propósito evangelizador, es decir, la propagación de "la verdadera religión", le proporcionaba a los conquistadores una justificación moral de gran eficacia. La fuerza de la espada, sumada a la fuerza de la cruz, adquiere proporciones inusitadas.

 

Además de las curiosas tesis de Sepúlveda, expuestas en su Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios (Sepúlveda, 1987), veamos que incluso Bartolomé de las Casas cae en posturas inadmisibles. La tan justamente alabada defensa de los indios realizada por el fraile estuvo seriamente pervertida por su propósito fundamental: "atraer a todos los pueblos a la verdadera religión". Lo demás —incluyendo la bondadosa defensa de los indios— se degrada a la categoría de hábil estrategia. Su lección no deja de ser una lección de intolerancia frente a la manera de pensar del otro. En este sentido, no deja de ser un atentado a la identidad indígena. Lo central para él es el modo suave, el modo no violento de ir imponiendo a los indígenas la religión católica. En las Casas persiste la intolerancia básica frente al que tiene otra visión; por lo mismo, no pasa de ser un buen estratega, pero a fin de cuentas un estratega de una inaudita soberbia: los no cristianos transitan los caminos del error, habitan en las tinieblas del culto de dioses que no son los "verdaderos" (cfr. las Casas, 1975). El polo opuesto del inadmisible espíritu misionero lo encontramos, siglos después, en el maestro de Jorge Luis Borges. Nos referimos al caballero don Macedonío Fernández, de quien su discípulo Borges decía: don Macedonio

 

...era muy lacónico para hablar y muy cortés, de modo que él siempre le daba una forma interrogativa a lo que decía, porque le parecía que decir "a mí se me ocurre tal cosa" ya le parecía una soberbia. Entonces él decía suavemente: "Habrás pensado muchas veces tal cosa" (Borges, 1991).

 

Apenas se puede uno imaginar mayor contraste entre el escritor Macedonio Fernández y el misionero las Casas. Para el primero, no solamente no había que imponer lo que uno piensa, sino que hacía patente que lo que él pensaba apenas era un intento de pensar. Para el misionero, por el contrario, lo que él pensaba era la verdad absoluta. Si estos aspectos no han podido ser detectados —muchas veces ni siquiera por lúcidos estudiosos de aguda mirada—, habrá que ponerlo a cuenta del insidioso temor a tocar una figura prestigiosa tan íntimamente ligada a los atávicos temores de la religión.

 

La crítica que he dirigido a Bartolomé de las Casas vale en mi opinión también para el famoso y multialabado "experimentó sagrado" o "Ciudad de Dios" que los jesuitas emprendieron con los indios guaranís en Paraguay. En mis opiniones me estoy apoyando en la aguda y bien documentada crítica que hace Lugones (1983), quien describe el "experimento sagrado" como "sólida explotación". Igualmente, tomo como referencia sobre el tema el detallado trabajo del italiano Alberto Armani (1987). Para este autor, la supuesta organización "comunista" en realidad no incidía para nada en la transformación de las relaciones de producción, sino que la organización económica introducida por los jesuitas era, más bien, un instrumento secundario al servicio de su propósito central: la evangelización, el trasplante de sus propias convicciones, la conversión al cristianismo de los indígenas. Y todo esto, para "mayor gloria de Dios". El trabajo de Armani es una contraargumentación a la precipitada interpretación pseudomarxista de Clovis Lugon (no confundir con el antes citado Lugones), quien equivocadamente creyó ver en la "ciudad de Dios" un comunismo cristiano. Según la detallada documentación de Armani (la cual coincide con Lugon), se puede ver fácilmente que la "ciudad de Dios" no destacaba en realidad por su respeto hacia los indios, a pesar de que los jesuitas habían creado una gran cantidad de cosas interesantes para el provecho de los indígenas. Precisamente, este hecho oculta la realidad de base. Entre otras astucias de los padres jesuitas, mencionemos solamente el caso de la educación de los infantes, a la que prestaron especial atención. Gracias a esta estrategia, la siguiente generación educada de tal manera olvidó fácilmente la tradición y la cultura de sus padres, juzgándolas—arrogantemente— inferiores. Esto tuvo un resultado devastador sobre la cultura indígena. No nos extrañemos de contemplar ahora huellas psicológicas en el sentimiento de identidad.

 

A las religiones indígenas —que sobreviven en el sincretismo— se les añadieron encima dos capas de dominación: la primera es el catolicismo y la segunda es el catolicismo español, es decir, ni siquiera se trata del desarrollo de un cristianismo criollo o mexicano (respectivamente peruano, etcétera). Ricard (Ricard, 1986), hablando del caso de México, lo formula así:

 

A una cristiandad indígena se sobrepuso una Iglesia española, y la Iglesia de México apareció finalmente, no como una emanación del mismo México, sino de la metrópoli, una cosa venida de fuera, un marco extranjero aplicado a la comunidad indígena. No fue una Iglesia nacional [todo esto permite ver]... la influencia decisiva que esta génesis puede ejercer sobre la vida de toda una nación.

 

En realidad, a lo largo de toda la historia, las justificaciones morales proporcionan la necesaria condición para cualquier abuso. La Conquista del hoy continente latinoamericano fue doble, espiritual y material, en convivencia perfecta. Las cicatrices son obvias: las grandes masas que habitan nuestro continente profesan la religión católica, apostólica, romana e hispana. Hasta la fecha, los destinos políticos de nuestros países siguen siendo brutalmente influenciados o cooptados por los mandatos provenientes del Vaticano. Prácticamente ningún  mandatario latinoamericano puede dejar de considerar o negociar sus decisiones más trascendentales sobre política poblacional con sus antiguos conquistadores "espirituales": la Iglesia romana.

 

Estado de ánimo: expectativo

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Han escrito 2 comentarios de «4. DOS IMPOSICIONES: CATOLICISMO Y LENGUA CASTELLANA»

foto elabuelo
Miércoles 14 de octubre, 2009 15:06.

Buen post, pero debo decir algo al respecto, esa connivencia hispano-vaticana siempre ha sido mas por puro interes ke por confluencia real.
No hay ke olvidar ke españa tambien fue pisoteada por el catolicismo, puesto ke aki convivian diferentes culturas y credos en un ejemplo ke aun hoy dia sorprende, con la expulsion de los musulmanes se produjo una debacle tremenda de la ke aun no nos hemos recuperado.
Y en los ultimos tiempos con la parejita estado-iglesia protagonizada por franco y sus obispos, dejaron a españa con un atraso de cuarenta años con respecto a nuestros vecinos europeos.
Podemos decir ke no sois los unicos damnificados por roma, incluso los propios conkistadores vieron destruida su multicultura.

foto shiranui.jp
Miércoles 14 de octubre, 2009 16:11.
elabuelo gracias por pasar, lo que objeta es muy cierto.

Verá esto no es un berrinche, es un modesto ensayo que, por su extensión hubo que dividirlo y empezar a publicarlo poco a poco.

A razón de saber este escrito se puede ir leyendo acá:

http://shiranui.ymipollo.com/static/sobre-la-conquista.html

y permítame el abuso de citarme; en el primer párrafo del primer post se enuncia lo siguiente:

Sin embargo, independientemente de la forma en que se entienda la Conquista y la posterior fusión violenta de las dos culturas, una de las cuales, la española, era a su vez producto de otras fusiones violentas con moros, celtas o galos procedentes de aquella España invertebrada.

Le invito a leer el resto de los post que conforman el ensayo y esto de ninguna manera es una mero rencor ciego, si no una reflexión de la latinoamericanidad, de su historia, de sus origines, de la identidad que a todos los pueblos nos han quitado un poco.

saludos

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